Bibliopiedras

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I Certamen de relato corto “Desván de las palabras”

Posted by bibliopiedras en abril 21, 2012


Se celebró ayer en la Biblioteca una nueva reunión del Club de lectura juvenil. Lectura, música, comida, diversión y cada vez más chicos y chicas. Entre las cosas que se hicieron ayer hay que destacar la lectura de los poemas que los jóvenes trajeron, lectura encuadrada en las actividades realizadas dentro del Festival de de Poesía Palabra en el mundo. Además se conocieron los ganadores del I Certamen de relato corto “Desván de las palabras”.

La ganadora fue Sofía Moreno con el relato El primer tropezón y el finalista Pablo Duarte con Heridas abiertas.

Queremos darles a los dos la enhorabuena pues hubo mucho nivel entre los participantes.

Podéis leer todos los cuentos en el blog Desván de las palabras. Os dejamos aquí los dos relatos ganadores.

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El primer  tropezón / Sofía Moreno

Mientras miraba sus pies suspendidos en el vacío, Julieta se preguntaba qué había pasado para llegar a tal punto. ¿Había sido culpa suya? Aquel lugar la atemorizaba y seguía sin comprender por qué alguien que la quería tanto le había hecho esto. Su mirada se dirigió al gran edificio de ladrillo color ocre: nunca había estado en un lugar semejante.

Las altas paredes la asustaban y temía quedarse sola. Sólo le tranquilizaba pensar que no era la única en esa situación. Muchos rompían a llorar sin razón aparente. Ella también tenía ganas de llorar.

¿Qué había cambiado últimamente? ¿Había desobedecido? ¿Era un castigo? Recordó a sus padres. Sus ojos se inundaron de lágrimas y su barbilla tembló débilmente. Las rejas que bordeaban la finca le hacían pensar que todo su mundo se había reducido a lo que sus ojos alcanzaban a ver.

-¿Por qué?- se preguntaba. Sus pies seguían colgando. Miró al suelo y temió no estar haciendo lo correcto. Lo pensó dos veces: -no pasa nada, otros ya lo han hecho primero-. Julieta cerró los ojos y tomó impulso.

Una vez en el suelo, miró hacia arriba: -quizás no sea tan malo,-pensó mientras se limpiaba las manos contra el uniforme- me gusta el tobogán-.

……………………………………..

Heridas abiertas por Pablo Duarte.

La llave cierra lentamente la puerta de casa. Ya llega una edad donde cada segundo es un mundo, y cada instante parece una eternidad. Bajo las escaleras, como cualquier otra mañana, lamentando no vivir en un lugar mejor. Qué menos que un ascensor para pasar los últimos años de esta agotadora vida. Empieza otro día más, con el mismo recuerdo de siempre.

Los coches abarrotan las calles, se siente la actividad, el ambiente cargado, el ruido… Qué diferente es todo, cuánto tiempo ha pasado ya de aquella época. Todas las mañanas, recorro el paseo de la playa de un extremo a otro, para llegar a sentarme en el lugar más alejado y, por supuesto, un poco más tranquilo. Algunas veces pasan niños correteando detrás de un balón, otras veces algún anciano se sienta cerca de mí, pero por lo general es una zona perfecta para relajarse o al menos para intentarlo.

A media mañana, es hora de volver a casa y empezar a escribir. En los últimos años, se ha convertido en la única forma de estar en paz y no darle vueltas en mi cabeza a las mismas imágenes una y otra vez. No hay nada mejor que desahogarse escribiéndolo.

… El amanecer nos despierta en la mitad de la montaña. Es la señal de que hay que moverse otra vez, de que hay que caminar nuevamente hasta no poder más. El día anterior mi padre oyó dos disparos al anochecer y eso no es buena noticia. Todo el mundo estaba intranquilo antes de irse a dormir, y ahora ya es hora de marchar.

-¿A dónde vamos hoy, papá?

-Ya queda menos para llegar, hijo, en unos días estaremos en nuestra nueva casa, mucho más grande y con un prado enorme para jugar-me decía mi padre.

A mis casi 6 años de edad, el único problema era el cansancio. No había preocupaciones. Era el hijo menor de una familia de cuatro miembros, contando a mis padres y a mi hermano mayor. Hacía ya unas semanas que habíamos salido de mi pueblo, en un remoto lugar de la montaña leonesa, pero en aquel momento, aquel día en particular, no recuerdo exactamente dónde nos encontrábamos. ¿Qué importaba? Años después conocería la cruda realidad de la guerra.

El camino nos llevó al atardecer, y sin previo aviso, la noche estaba otra vez sobre nosotros, obligándonos a detenernos y encender un fuego. La nieve se veía todavía en los picos más altos y el frío se presentaba cada noche. Yo siempre me dormía el primero, exhausto. Sin embargo, aquella noche pasó algo que marcaría el resto de mi vida.

-Buenas noches-me despedí, y empecé a acurrucarme bajo las mantas.

Pero de repente, se oyeron unas voces a lo lejos, unos pasos acelerados, se veía acercarse una luz en la penumbra. Todo el mundo se puso en pie, las mantas se hicieron a un lado y me veía a mí mismo levantado, con nerviosismo.

-Corre, hijo, corre-fue lo último que llegué a oír decir a mi madre antes de escuchar otro disparo más y ver cómo su cuerpo sin vida caía sobre el suelo, desplazando las hojas hacia un lado.

Yo hice caso de sus indicaciones y marché todo lo lejos que pude, mientras las lágrimas corrían conmigo a lo largo de mis mejillas. Un grito más, dos disparos. Luego, silencio. El silencio que sucede al terror y que va justo antes del verdadero sufrimiento.

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